Aborigen Rugby Club

EL ABORIGEN RUGBY CLUB ES EL PRIMER EQUIPO QUE REUNIÓ A CHICOS TOBAS Y QUE COMPITE EN LA LIGA FORMOSEÑA
LOS JUGADORES VAN DESCALZOS A LOS ENTRENAMIENTOS Y GUARDAN HISTORIAS QUE MERECEN SER DESCUBIERTAS.

Su torpe andar molesta en la ruta; levanta humo y algún que otro insulto de los conductores. Ese indescifrable mamotreto de hierros oxidados y pintura carcomida aún conserva la forma de camión y es un milagro que funcione. Va destartalado y lento por la banquina… Un hombre de voz grave, panza prominente y cabeza pequeña viaja en la cabina junto al chofer. Con su codo apoyado sobre la puerta, y a los gritos, da indicaciones al puñado de jóvenes que desafía el calor en el acoplado.

Si esta escena tuviera lugar en alguna ciudad urbanizada, el camión sería un cómodo y seguro ómnibus escolar. Sin embargo, este vehículo viaja por una ruta formoseña y de seguro tiene poco y nada. Aunque sí, el hombre en cuestión tiene el perfil de educador: Enrique Rossi, un ex rugbier con cierto aire militar, de mirada penetrante, es quien pasa a buscar a cada uno de los jóvenes tobas por las zonas rurales de Formosa y que integran el Aborigen Rugby Club. Un proyecto que comenzó como una experiencia inédita en América y que alberga desde 1993 el sueño de chicos aborígenes. En la actualidad, el club cuenta con más de 100 inscriptos y tiene un poderoso equipo de primera que compite en la Liga local.

Juego, trabajo y sacrificio

Mariano Mártires es dueño de una robusta silueta. Con una pala y el balde de pintura, silenciosamente delinea los bordes de la cancha de su club. Trabaja en el mantenimiento del mismo terreno de juego que más tarde recorrerá para entrenarse.

Este muchacho toba, de 32 años, es el capitán del equipo y vive en Namqom, un barrio de casas bajas que nace al pie de los montes. Se crió en una humilde familia que hace de las artesanías de barro una forma de vida. Con una voz suave y entrecortada, que no respeta la torpeza que expulsa la imagen de su cuerpo, dice que hace once años su vida cambió y encontró en el rugby la manera de canalizar la furia de sus casi 120 kilos.

Para Mariano, el club es todo. Juega y trabaja allí. Además de las tareas de refacción, enseña a los niños tobas más pequeños. “Mi sueño era jugar contra los Pumas y ganar el partido”, dice. “Ahora sólo espero que los chicos a los que estoy enseñando lleguen a vestir la camiseta de la selección.”

No todos los integrantes del equipo trabajan en el club. Hay muchos que son carboneros, ladrilleros, leñadores o albañiles. Tienen la naturaleza de traccionar en el barro y eso los hace más fuerte; “nos entrenábamos empujando un acoplado de camión”, dicen. Ellos andan siempre descalzos y así llegan al club, donde a cada uno los espera un par de botines para llevar adelante el entrenamiento.

Enfático, Rossi cuenta cuán importantes son los sponsors: “Yo no pido dinero, porque la plata quema. Les pido a las grandes fábricas que nos den zapatillas y vestimenta de descarte. Eso a nosotros nos sirve, hermano”, dice el creador de este club, que espera ansioso, para fines del actual, el partido amistoso que aún está pendiente frente al SIC.

Una grata experiencia

Invitado por el programa televisivo “Sorpresa y ½”, el equipo realizó en 1999 una gira por Nueva Zelanda para enfrentarse con una formación maorí. Jugaron dos partidos, ganaron uno y perdieron el otro. “Fue una experiencia espectacular”, recuerda Rossi, coleccionista de miniaturas bélicas, por ejemplo un camión de guerra ruso, todo tipo de cascos, un motor de avión y un cañón, entre otros objetos. Después de esa gira, el Aborigen Rugby Club abrió sus puertas para chicos que no eran tobas. Así fue como Eduardo Olmedo se integró al equipo. A los 34 años, consiguió una beca y estudia abogacía en una universidad privada en la ciudad. El cumple tareas administrativas en el club y forma parte de la gran comunidad. “Me recibieron con los brazos abiertos. Voy al barrio de ellos, me integro muy bien y estoy aprendiendo su idioma. Los chicos en ese sentido son muy accesibles.”

La noche gana lugar en tierra formoseña; otro duro entrenamiento llega a su fin. Aquellos pies descalzos suben otra vez en el acoplado y Enrique pone en marcha su camión. Es hora de volver a casa.

130 son los inscriptos que tiene el club. El proyecto comenzó en 1993 para integrar a grupos aborígenes y en la actualidad se expandió: también alberga a chicos que no son tobas.

Por Alejo Vetere
Fuente: Suplemento “Solidario” del diario “La Nación”
Más información: www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/solidarios

Si has disfrutado este post, deberías considerar dejarnos un comentario o suscribirte a nuestro feed para mantenerte informado sobre nuestros artículos.

Comentarios

recien vi la peli,y quiero saber si puedo conseguir la camiseta
si me pueden responder,se les agradece

Deje un comentario

(requerido)

(requerido)